El temido corte de digestión, ¿existe realmente?

El llamado corte de digestión es una expresión en boca de la mayoría de madres y/o abuelas (creo) del mundo a la hora de la siesta. Sobre todo cuando su niño le pide que se quiere bañar. ¿Mito o realidad? ¿Existe realmente? Vamos a ver qué hay de cierto en todo esto.

Pues para empezar “una en la frente”. Buscado y rebuscado por toda la literatura médica,  el corte de digestión no está reconocido como una entidad.

Todos los años oímos casos de niños (y adultos) que fallecen en el mar o en piscinas, en ocasiones después de comer, pero en otras no.

Pero, ¿qué está ocurriendo realmente en estos casos? ¿Se trata del llamado corte de digestión?

Pues el nombre correcto es hidrocución o shock termodiferencial (¡qué palabras tan raras!). Realmente es una reacción vagal al meternos en el agua. Igual que cuando nos vamos a desmayar y nos ponemos pálidos y sudorosos. Si no es muy importante, nos marearemos y vomitaremos. Si es más grave, la persona puede perder el conocimiento y, si está en el agua no acompañada, ahogarse. Es más frecuente cuando la temperatura del agua es menor de 27ºC. No existe ningún estudio que demuestre una relación clara con el hecho de haber comido antes o no.

Vamos a ver si consigo explicar, de manera sencilla, cómo se produce este shock termodiferencial (que no corte de digestión).

No es tan fácil de explicar. Al sumergirnos en el agua, los vasos de la piel y las zonas periféricas de nuestro cuerpo se constriñen (porque  el agua suele tener una temperatura algo menor que la de nuestro cuerpo), disminuyendo también la frecuencia de nuestros latidos, para que llegue más sangre oxigenada al cerebro. Esto se llama reflejo de inmersión, es bueno y nos permite permanecer, en caso de necesidad, más tiempo dentro del agua sin respirar. El problema viene cuando la diferencia de temperatura entre nuestro cuerpo y el agua es tan grande que este reflejo falla. Si a esto le sumamos el que la temperatura de nuestro cuerpo sea mayor (si hemos hecho ejercicio o hemos tomado el sol previamente), pues peor.

Por debajo de los 30ºC paran de funcionar los mecanismos que tiene nuestro cuerpo para intentar generar calor, desciende nuestro metabolismo y el consumo de oxígeno. Por cada grado que baja la temperatura del cuerpo, el flujo del cerebro disminuye un 6-7%. También baja mucho la frecuencia de la respiración, reflejando este problema cerebral, y se pueden producir arritmias cardíacas. Entre 32-35ºC la persona puede estar confusa. Por debajo de 27ºC la mayoría de las personas están comatosas, aunque pueden responder al dolor intenso. Si la persona es rescatada pronto y se realizan maniobras de reanimación para que vuelva a respirar correctamente, el daño del cerebro por falta de oxígeno es reversible y las posibilidades de que se recupere rápido de manera completa son muy altas. Si no, el desenlace puede ser fatal.

¿Tan frecuentes son los ahogamientos en verano?

Pues, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), los ahogamientos son la 3ª causa de muerte accidental en el mundo. En 2011, según las estimaciones, murieron por ahogamiento 359.000 personas en todo el mundo (¡una barbaridad!). Los grupos de riesgo son los menores de 4 años, los varones de 15 a 25 años y los ancianos.

A veces los ahogamientos no se producen por este mecanismo, sino secundario a otro problema anterior que pueda hacer perder la conciencia, como un golpe antes de entrar al agua, enfermedades como la epilepsia, alcohol o drogas en adolescentes o ejercicios físicos violentos.

La frase “Espera dos horas después de la comida antes de bañarte” es un clásico de nuestros veranos. Pero, ¿tiene algún fundamento científico?

NO, el consejo exclusivo de esperar 2 horas tras la ingesta no tiene evidencia conocida (aunque es algo que solemos ver repetido en los distintas guías de seguridad en el agua).

Un grupo de profesionales sanitarios andaluces realizaron un estudio, publicado en 2011, para identificar el grado de evidencia científica que tienen los mensajes sobre distintos aspectos de la salud que aparecen en los libros de texto escolares. Casi un 25% del total de los mensajes analizados no tenían evidencia conocida. Algunos de ellos son “respirar por la nariz en lugar de por la boca evita resfriados” o “después de comer no nades, la digestión puede alterarse y puedes sufrir un corte de digestión”. Incluso, dos mensajes sobre otros aspectos de la salud eran contrarios a la evidencia. ¿Moraleja? No hay que creerse todo lo que leamos, aunque esté en un libro de texto.

¿Cómo podemos prevenirlo?

Pues con sentido común. No hay estudios que se hayan hecho para demostrar que unas u otras normas tienen algún grado de evidencia. Ejemplos de medidas de prevención son: Evitar el baño en agua demasiado fría, evitar hacer ejercicio físico intenso antes de bañarse en agua muy fría, educación sobre las medidas de seguridad en el agua y reanimación, evitar consumo de drogas en adolescentes, tener cuidado en las personas con enfermedades previas o esperar un rato a bañarnos en agua demasiado fría si la comida ha sido muy muy copiosa (no es muy normal que un niño haga una comida copiosa en verano).

¿Qué hacemos ante un ahogamiento?

Pues creo que es algo tan importante que merece capítulo aparte. Todo el mundo debería estar entrenado en maniobras básicas de reanimación. Según mi opinión, es algo que se debería aprender desde el colegio porque SALVA VIDAS. Lo que sí hay que tener grabado a fuego es que, ante cualquier emergencia, hay que llamar al 112. Hoy nos quedamos en los mitos y realidades y en lo más importante, la PREVENCIÓN. Empecemos a llamar las cosas por su nombre, ¡fuera la expresión corte de digestión! Si no hay ahogamiento, hidrocución, shock termodiferencial, o como queramos llamarlo, no tendremos que actuar ni lamentar. En verano, vigilemos a los pequeños de la casa y enseñémosles conductas responsables en el agua. ¿No os parece?

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Hasta la próxima,

Dra. Matilde Zornoza Moreno (Pediatra2punto0)

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